Por eso siempre hay una luz tintineando en mi ventana

 

Cuando era un niño solía estar enfermo con bastante frecuencia. En las noches de los años sesenta se iba la luz eléctrica y nos alumbrábamos con una vela. Recuerdo el sudor y hasta casi el delirio porque el cuerpo ardía y mi madre decía que había que cubrirlo de mantas. El tintineo de esa luz amarilla sobre los dibujos en la pared (mis tíos trajeron de Venezuela un rodillo que reproducía un papel pintado con payasos y figuras geométricas) era casi una experiencia psicotrópica que me acercó a lo que 40 años después reproduzco en mis pobres animaciones. Esa cama, sobre la que aún duermo, era una nave de metal y tela en la que mi cuerpo viajaba a algo que era muy real, concreto como un cuadro del Bosco pero también abstracto como la angustia. Nunca el miedo a morir fue tan preciso e imposible de verbalizar. La oscuridad fuera era impenetrable y no existía la posibilidad de la huida. Ahí comprendí que todos los viajes se producen dentro de uno, todos los monstruos son lo que tú sabes que eres, y que el amor no estaba en los planes del viaje.

 

Los muebles que integran las piezas de esta exposición probablemente sirvieron para que otros cuerpos, otras vidas también descansaran, sufrieran o expiraran. Los desechamos porque están deteriorados o pasados de moda. Su presencia nos molesta aunque una vez ese respaldar de una silla permitió que nuestra cabeza se sostuviera sobre una columna de hueso y cartílago, que una boca se alimentara porque en una madera con cuatro piernas había un plato de cristal con un pedazo de carne y pan. Nada de eso nos importa, solamente nos preocupa quienes seriamos ante los demás y ante nosotros mismos si no comiéramos en un objeto (como en el atrezzo de una obra de teatro) que encarnara todas las características del nuevo personaje que ahora nos toca representar.

 

 

Carlos Rivero

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Mi cama

Mi cama era un colchón de muelles sobre un somier metálico con cuatro patas de hierro. El cabecero y el piecero, de formica blanca y marrón, tenía un saliente para acomodar figuras de porcelana, vasos de agua y algún que otro juguete. Las sábanas y mantas estaban teñidas de flores y rayas que encajaban poco en los movimientos de niños. Y la colcha, de tejido más fino, combinaba su celeste con cortinas y paredes.


Arrinconada en una esquina de la habitación, y protegida por un angelito enmarcado en un cristal roto, no se libró de las batallas de infantes que la transformaron antes de tiempo. Los días la asediaban no sólo con la tarea del descanso sino con accidentes que ensanchaban su estructura a golpe de saltos, tropezones y arrastre.


El colchón, por causa de los brincos, diseccionaba sus tejidos dejando a vista muelles y relleno; el somier, distendido por los asaltos, se aliaba con la humedad del aire que animaba el florecer de óxido, maquillaba todo lo que tocaba; El pegamento, gran aliado de lo energético, se amontonaba en los pliegues de su piel de formica arrancada por la coreográfia de tejidos al vuelo y contacto; Y Doña Costura era la invitada semanal para reparar las mantas que se vestían de jirones.


Después de algunas décadas, lo que queda de ella es en lo que se fue convirtiendo, un montón de piezas en continua reparación, un puzle, ahora, en este descanso de mi memoria.

 

Daniel Abreu, 10 de octubre de 2020

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CARLOS RIVERO: CADA ORIFICIO ES PARA SU ARÚSPICE

Son cuerpos y no lo son.

Están desnudos y vestidos. Desvestidos.

Vestidos por dentro, desnudos por fuera. O viceversa.

Por dentro, ocupados. Por fuera, distraídos. Paridos y degenerados. Solícitos. Ilícitos.

Y solos. Como recién abandonados.

Solos e ilícitos. Desvirgados, virados, raquíticos.

Puestos sobre una mesa que es una alacena que es una tarima, un escenario para bailar al borde de un precipicio.

Bailarinas con muchas valerianas encima.

Cuerpos de innumerables orificios por donde hurgar en el misterio.

Qué caretos. Caras que son retos. Caras retro.  

Y rectos. Vaselina en las manos para desentrañarlos.

Duerme, ángel de pánico y benzodiazepina. Duerme, niño. Pártete la cabeza en la almohada de hueso.

Lefa. Le fantôme. Fantasmas de leche negra. Toma, fantôme. Fantoche de toma y daca.

Indefensos y tensos. Cuerpos de no saber estar. Monadas que muestran sus muñones, sus mermas. Cuertos. Muerpos.

Curtidos y partidos. Perdidos.

Quemados y azotados.

El óxido les penetró las venas. La carcoma les envenenó los penes.

Emperifollados para el baile de difuntos.

Follamigos de sí mismos. Fugitivos del abismo.

No es fácil fijar la fuerza del silencio. Menos fácil aún es destruirla.

Cosas que ya no nos sirven pero nos sirvieron. Servidor se sirvió de su servicio y ahora se sirve prescindir de él.

Cada orificio da acceso a un punto G de destrucción del cuerpo.

Pero no todo el mundo sabe entrar.

Ni todo el mundo conoce el orificio adecuado.

Se puede saber entrar pero desconocer el orificio adecuado. Y viceversa.

Quien conoce ambas cosas accede a los surtidores de la gracia y la desgracia.

En ese lugar se refocila, carajea, se desfoga y se ensaña.

A más de una cara le han partido la cara y eso le ha dado doble cara.

O media cara: viceversa.

A la espera de la fusta y el cilicio, no está de más descoñetarse. Es decir: hacerse la puñeta de desplazar el coño hasta la parte posterior de la pelvis con la finalidad de alcanzar algún tipo de revelación.

Diseminar orificios a todo lo largo del cuerpo: sembrarlo de posibilidades.

Si una parte del cuerpo aparece pulverizada es porque el cuerpo se la estuvo machacando.

Las caras nos miran y miran que las miramos. No puede decirse lo mismo de los pies ni de las pollas.

En bandeja de plata: la luz en el alféizar. Noches transfiguradas. Fiebre. La enfermedad enseñó al cuerpo a darse luz y a sacársela (de dentro).

Cuerpos domésticos. Domesticados. Masticados. Astillados. Tiznados. Cuerpos izados.

La pataleta fervorosa. La pavorosa farándula.

Cada orificio es para su arúspice.

Oriflamas que arden bajo los soles negros de la peste.

Encajes desencajados, cabreadas cabriolas, pliés de pata de palo.

A Rilke le hubiera quemado las manos ese ángel dormido.

Con sigilo, sin esperanza, lo que no pudo decirse flota en el mar de lo irrecuperable.

Por eso aquí no hay palabras. Solo los estertores de una glosolalia.

Soplar en cada orificio es hacer del cuerpo una flauta.

El deseo es una flauta cuyos orificios yacen infinitamente lejos de cualquier boca imaginable.

Pero no todos saben tocar esa flauta.

Ni todos saben dónde encontrarla.

Algunos la encuentran y no saben tocarla. Y viceversa.

La cabeza en el lugar del corazón. ¿No es eso la locura?

Casi hemos olvidado que vinimos aquí con la desesperanza de los desvalidos.

Cuerpos casi nidos. Cuerpos cosidos. Cuerpos cocidos.

Perforarlos es forrarlos. Forrarlos es follárselos. Follárselos es despellejarlos.

Una lección de tinieblas tan dulces como los más mortíferos venenos.

Pero, en definitiva, ¿qué es lo que hay dentro de un cuerpo?

Nos fijaremos como meta entrar más adentro en la espesura.    

En el escozor de la espesura.

Rafael-José Díaz

Enlace al blog Travesías de Rafael-José Díaz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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