Dokoupil / Álamo

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DOKOUPIL-ÁLAMO
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28 de mayo - 30 julio de 2021

  

Nacidos para gozar, hedonistas y potentes, Álamo (1952) y Dokoupil (1954) comparten generación. La de los artistas postconceptuales que en la década de los ochenta del siglo XX encarna la vuelta a la pintura, al placer del oficio; vindican la subjetividad y el eclecticismo. Son dos viejos amigos que ahora se citan en la Galería BIBLI, en Santa Cruz de Tenerife, ciudad natal de Álamo donde Dokoupil vivió unos años. Las pinturas han sido gestadas en sus estudios de Gran Canaria junto a un mar que nunca pintan. Como sus obras en solitario, aúnan fuerza expresiva, refinamiento, asombro e intensidad. Son dos grandes artistas, física y mentalmente, obsesivos y con una curiosidad insaciable. No paran de trabajar, saben que el talento  también es una cuestión de cantidad. No se demuestra escribiendo una página sino mil, la gloria es un esfuerzo constante. Siempre buscando e investigando con técnicas y medios expresivos. Dos individualidades fuertes y generosas, saben sumar sin dejar de ser uno.

El método es sencillo uno comienza la obra y el otro la ultima. La intervención es sutil, respetuosa; pájaros, rinocerontes, flores y burbujas encuentran su espacio y como  aves al atardecer se posan en la fronda cromática. En algunos  lienzos sintonizan en un tono bajo, de grisalla, frágil, de máxima sensibilidad.  En los papeles hay más ruido, y  todas las obras participan del mismo vértigo, el de la creación insólita. Pinturas claras y extrañas donde  es fácil identificar  el trabajo de cada artista (El agua que rodea la flor de loto no moja sus pétalos) No lo es  desvelar el  atractivo visual de estas pinturas, su belleza en profundidad, enigmática, como “un sol estremecedor del que irradia la noche”.

 

Optimista es el arte de Álamo y Dokoupil, recorren su camino (Tao) con alegría y honestidad. Tienen un fondo oriental,  aman su comida y, como los japoneses, creen menos en la suerte que en el Gambatte Kudasai: “hazlo lo mejor posible, esfuérzate al máximo”. En todo lo que hacen, también en este proyecto que, más que un juego, es una exploración de los lindes de la creatividad y del ego. El afán de salir de la rutina, de descubrir algo nuevo, inimaginable, como el principio del tiempo o el límite del espacio. Una aventura hacia el centro de la galaxia de la creatividad donde se acoplan dos mundos, el  abisal y flotante de Dokoupil, y la fauna y la flora de Álamo. Las burbujas y los rinocerontes, la delicadeza y la intuición. Lo abstracto y atemporal  de Bach, la extrañeza ultrasensible de Antony and the Johnsons, la fragilidad de las flores y la fuerza del  instinto.

 

Vivimos en tiempos de incertidumbre, en un mar sin orilla; bajo un nublado porvenir deambulamos como el niño sin sombra. Los libros, máquinas del tiempo, hablan de otras pandemias y calamidades, de la peste negra, de la guerra civil, la gripe española…El pasado informa y nos ayuda a comprender nuestra finitud y vulnerabilidad. Bertolt Brecht  dice qué podemos hacer en los tiempos sombríos: cantar a los tiempos sombríos. Para Vincent van Gogh: el arte es un consuelo para aquellos que están rotos por la vida. Álamo y Dokoupil, de ideología postexistencialista, versión light,  menos proclives al  cinismo  y la angustia, no buscan excusas. Tienen claro que son los únicos  responsables de su vida y  optan por un arte más alegre y sensual, voluptuoso y frugal; la felicidad calma que merodea la filosofía de Epicuro, que nombra a su escuela El Jardín y  fomenta el culto a la amistad.

 

Sinestesia, unión de sensaciones, oír los colores, ver los sonidos. Una correspondencia que Kandinsky proclama y  que nuestros artistas exploran,  en busca de sintonizar la misma longitud de onda. Intentan seguir la partitura del otro, sin estridencias, en voz baja. La belleza hace menos ruido que la fealdad. El objetivo es  hacer obras profundas y hermosas, aparentemente simples, pero con un pozo de solidez y complejidad. Obras  promiscuas, de impacto visual,   entrada fácil y disfrute inmediato.  Fascinantes para el espectador normal y con muchas capas de lectura para el  entendido. Incitan a ser vistas emocionalmente o interpretadas desde la semiótica, conceptualmente.  Lo  usual en la poética de unos artistas que, como Ciorán, creen que la originalidad siempre es más fácil que la profundidad, descender  a la intimidad de las cosas o de uno mismo supone una concentración, un agotamiento no tanto de la mente como del alma. Más radical  aun es la tradición china donde  el original no se entiende como una creación única sino como un proceso infinito, una transformación incesante.

 

Un artista entrega su lienzo “dormido como el agua en un estanque en un día sin viento” y el otro lo penetra con suavidad; pero inevitablemente su acción crea ondas, levanta el vuelo de los pájaros y alerta a los Rinocerontes. Las flores tiemblan. Todo debe volver al origen y ser otro. Inventar y cimentar lo que  se ha recibido es lo que hacen los artistas buenos, renovar y consolidar la tradición. En este caso, el “original” que recibe de su amigo. Con mucho respeto y delicadeza interpreta su lógica interna y lo carga de sensibilidad. Después lo ven y analizan, no está mal, puede servir, lo desechan o viene directamente a esta exposición. No se retoca,  no hay una segunda oportunidad.  Cuando se toma una decisión es definitiva, esa es su verdad y su fuerza: “Es  Arte todo lo que se considera arte en el mundo del arte.

 

Jóvenes escritoras anuncian, si la poesía es hacer de la mirada un mundo, ser poeta es hacer de la belleza una herida….Lo que el poema busca no es expresar pensamientos, sentimientos o vivencias, sino mostrar la herida de lo vivo, de la vida…La hermosura, el sufrimiento, lo que nos hace pertenecer siendo otro. Dokoupil y Fernando, no tan jóvenes, navegan por el mismo mar pero ya sin la bendita inocencia ni el lastre de la candidez y lo sentencioso. Arrastran las cicatrices de su experiencia y de su tiempo, pero mantienen viva su voluntad de asombro, su confianza en que aún  pueden amplificar y precisar más su poética. Saben que la pintura es algo más que un testimonio o una mercancía, que la importancia está en los detalles y que el arte no necesita explicaciones,  la poesía no se dice, es.

 

El arte como meeting point, punto de encuentro de dos poéticas: la belleza es la unidad en la diversidad dice Coleridge. En un mundo impaciente, donde todo es prisa e inmediatez, la pandemia ha impuesto una pausa. Habitual es que los artistas pasen mucho tiempo solo en sus estudios, no hay otra forma de avanzar el proceso creativo. Pero la voluntad como poder y representación deviene ahora  confinamiento, por imperativo legal y moral. De Schopenhauer volvemos a Kant. Nuestros artistas son conscientes de la calamidad que nos inunda… y siguen adelante; sondeando sus mundos interiores y atentos a todo lo que acontece, explorando con la llama del deseo y la ilusión, descubriendo nuevas formas y sorprendiéndose. Tienen una identidad fuerte e individualista, lejos de la política, de cualquier patria, como la del poeta del mestizaje Eduard Glissant, sus raíces no profundizan en la oscuridad atávica de los orígenes, se extienden en la superficie como brazos, como ramas de un árbol. No para cancelar la propia diversidad, sino para convertirse en algo que permita encontrarnos.

 

Vuelvo a los cuadros de esta exposición, un espectador no avisado, desconocedor de su autoría dual, sólo verá    buena pintura contemporánea. La que nos hace pensar, crecer,  seduce e incita a medir nuestra sensibilidad. En el fondo, e inevitablemente, están en  la misma  sintonía que otros grandes artistas del momento, Ai Weiwei, Jeff Koons o Damien Hirst. Sólo que han optado por concentrar su  innovador discurso en el viejo y resiliente  formato de la pintura. Todos comparten el  mismo ansia, dejar una huella para aplazar el olvido que seremos.

Carlos Díaz-Bertrana