El refugio más pequeño

Exposición

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19 junio - 12 septiembre de 2015

 

Gonzalo González - Juan Gopar - José Herrera - Luis Palmero

 

La casa es un ámbito natural (un refugio, una segunda naturaleza) de existencia sofisticada. Erigida como piel porosa cuyos pliegues determinan las exterioridades e interioridades, como escenario es un drama único, como mundo, la casa es además biosfera, donde habitan seres humanos e inhumanos, bacterias y microclimas; es también semiosfera, donde evolucionan los sentidos y usos inmersos en conductas y extensiones; es instalación de lo social en lo privado, y de lo personal en lo social. Todos los malestares de la cultura eclosionan en ese pliegue de pliegues que es la casa, allí donde la signicidad misma colapsa en el momento en el que toda posibilidad de mentira se desvanece en el espejo máximo de la conciencia. Los sueños de dominio se enfrentan entonces a su posibilidad, a su zozobra, a su paradoja.

En el desarrollo de la cultura de nuestros días, fantasías, símbolos, sueños, prevalecen sobre cualquier funcional. La casa no habrá sido sólo una maquina para habitar: es una maquina para emocionar. Es en este contexto en el que el arte y la vida habrán hallado tangencia en el instante del diseño; el deseo habrá convertido el diseño en máquina para habituar.

Y en esa encrucijada, artes personales y artes industriales se habrán contagiado del torbellino colonial sobre lo cotidiano, contra la barbarie de lo común: Higiene y capricho, función y despilfarro, adornos y sobornos, clasicismos y barrocos de la desnudez (del desnudamiento) convertida en investidura, en estilo nuevo del emperador que cada ciudadano está siendo en el trono de su hogar, frente al desfile imperial del televisor, del equipo de alta fidelidad, de la biblioteca, de la despensa, lugares donde el mundo se le despliega, le rinde tributo y homenaje. Estilo desarraigado para un laboratorio artificial donde el ciudadano experimenta una prueba definitiva, intransferible, única, irrepetible, a la que dedica una vida que es al mismo tiempo periodo y tema, contenido y contexto: la vida del ciudadano es un experimento. Como quien elije, quien diseña sistematizada por anticipado su propia estela, procurando evitar que esas huellas sean fortuitas, para que se aprecien capaces no solo de rodear su vida, sino también de comunicarla. Su cocina, su hogar, su mobiliario, no son el atrezo de su pequeño gran teatro del mundo, sino espejo, cultivo, máquina y rostro, pues ese instrumental habita su estar siendo, todo aquello que constituye su saber, el saber del que no quiere saber; todo aquello que ocupa el lugar de su goce.

El éxito en la cultura emerge cuando los síntomas del éxito cultural se sienten como impedimentos, como excesos o escasos, cuando se añora un antes del mundo, un lapso de selva. El desasosiego idealiza lo salvaje, proyectando poesía, religión, utopía. Todo intento de inmediatizar el arte proviene de alguna forma de escepticismo respecto a la cultura. El gato se sueña tigre, el artista, buen salvaje. Escéptico ó aséptico, pretenderá domesticar el arte o artistificar lo domestico. De ahí el mito del buen salvaje, bueno o terrible, que escapa a todo designio, que se ofrece ajeno a la casa, no domesticado… Así se inaugura la dejación del arte respecto a la creación de lo domestico, su condición estratosfera.