Estructura emocional. Laura González Cabrera - Lecuona y Hernández - Fernando Martín Godoy - Francis Naranjo - Pérez y Requena.

14 de diciembre al 15 de febrero de 2019.

Los artistas Laura González Cabrera, Lecuona y Hernández, Fernando Martín Godoy, Pérez y Requena y Francis Naranjo conforman Estructura emocional, exposición que toma el nombre de una de las piezas de los artistas Lecuona y Hernández. Esta muestra será la última apertura de lo que durante unos años ha sido el lugar de trabajo del equipo que está detrás de Bibli. En unos meses habrá un trasvase y la sede se trasladará hacia otro lugar. Su estructura se desplegará en otro contexto físico, y eso se percibe en lo que podemos ver ahora en la exposición, a través del silencio y el gesto mínimo de historias superpuestas en un dispositivo sensible que se va articulando conforme se recorre el espacio.

Una sensación de cambio es lo primero que se detecta al entrar en la exposición, de nuevo desnuda y sin elementos de la otra cara identitaria del espacio –el reverso del mobiliario, cuyo objeto es el más prosaico pero también el más cotidiano-. Entonces lo que en un principio produce un frío visual, dada la desnudez intencionada y la selección “fría” de las obras, se traduce en un movimiento de correspondencias entre las piezas que conforman esa estructura emocional, hilada más desde los sentidos que desde el saber. Es decir, se siente más a partir de lo intuitivo que desde la certeza del objeto físico. La certidumbre del carácter poético de la muestra se desarrolla en un sentido en el que el lenguaje no lo hace. Cuando se es capaz de nombrar las cosas a través del lenguaje se potencia un tipo de energía que condiciona culturalmente, pero existen otras posibilidades en el poder de las imágenes simbólicas que produce otro tipo de saber, que rechaza la historia como un relato único y no acepta una única interlocución. El poder lo ostenta quien domina los lenguajes y, por ende, la historia se va construyendo en torno a esa premisa.

Siendo consciente de ello, la historia como relato se percibe a través de muchas capas de conocimiento. Por debajo de las imágenes que generan las piezas de los y las artistas, se produce otro tipo de saber que se cristaliza en una especie de expolio de la memoria colectiva e individual. Insistiendo en esto, debajo de ellas no solo está la tierra firme con un pasado más o menos enterrado sino que, en un sentido de inversión de significados, se sobrevuela el lugar del pensar, a partir del cual las imágenes devienen posibles en tanto que presencias arrojadas, a pesar de la ambivalencia de éstas. Es decir, todas las reminiscencias del tiempo en piezas como Dead bird, Estructura emocional y Quien es quien se dan desde un borde, en el que el sujeto –pensémoslo históricamente- se ha vuelto escindido y éste mismo rebasa la noción de lo histórico. Porque, por debajo de la imagen se da un efecto de “ilusión por frecuencia”, es decir, la construcción de un patrón de identificación que determina una especie de conciencia colectiva. El sujeto, que traíamos ahora al texto, se revela en ese borde como un eclipse en un “fulgor-de-borde”, que Badiou sitúa entre una carencia del ser en relación a la continuidad espacial que se articula desde la discontinuidad de la historia.

Pero, ¿cuál es la preocupación contemporánea aquí? Quizá sea la certeza de pertenecer a ese borde en el que Iván de la Nuez sitúa la realidad actual del arte contemporáneo. Preguntémonos, en los términos que él lo hace, cuál sería la preocupación, en el sentido del “porvenir del no futuro”, porque “nuestra época no está marcada por la distancia entre el arte y la vida, sino por una tensión entre el arte y la supervivencia”[i]. En relación a esto, no se dispone en la actualidad de un acceso a lo temporal como se daba en otros momentos históricos. Lo temporal hoy es tecnológico y como tal, conforma un destino generalizado que nos obliga a mantenernos en constante comunicación con nuestro entorno inmediato[ii], los cambios ya no son radicales y lo discontinuo se sitúa en un pensamiento de retaguardia, por detrás de la imparable eclosión de las imágenes del mundo. “Un pensamiento, en definitiva, construido a la medida de los que están a punto de desistir”[iii]. Este pensamiento que de la Nuez toma de Boaventura de Souza, expone la acción de la renuncia, un dejar de pensar la novedad, para instalarse en una posición más calmada dentro de la discontinuidad histórica.

No existe, dentro de la génesis de las piezas, una articulación de determinadas épocas en el tiempo, a pesar de que éste se percibe como un elemento importante, tanto en la corporalidad de las obras como en su dimensión abstracta. Pero todas parecen huir de un proceso histórico, para salirse de la producción de un sujeto histórico –que ha dejado de ser rationale para devenir en historicum-. Es decir, todas remiten de alguna forma al tiempo, y éste rebasa la noción de lo histórico, porque a pesar de pensarse como algo narrado no se supedita únicamente a la búsqueda de sentido en la historia. Lo relatado es aquí lo evocado y se denota de una apropiación que empuja hacia una posibilidad de presencia. Acción-manifiesto, Papel I y Oiseau evocan la palabra y la acción pensada, como algún tipo de acontecimiento, son piezas conductoras que plantean la posibilidad de encontrar un sentido a algo que sucede intermitentemente. Dentro de esta discontinuidad, las estructuras de las piezas existen en sí mismas y son sí mismas en reciprocidad al espacio que ocupan.

El último emplazamiento de Bibli crea un espacio para la rememoración, donde el sujeto ya es escindido y se despliega también en reciprocidad: el elemento apropiador (el espectador) y lo apropiado (la obra) también se relacionan de esa forma. Las obras, materialmente locales, producen situaciones específicas, y cada una de ellas se inicia mediante una eventualidad que genera una situación de fragilidad, pero también de excepcionalidad.

Por lo tanto una obra, o una forma o una acción acontecen acumulando una cierta temporalidad[iv] en plenitud a su propio suceder. La existencia de tales acontecimientos, las obras, podrían pensarse de una forma azarosa pero no, estas eventualidades se dan a través de la noción de casi inexistencia, desde la sutilidad de la posición sosegada. Por lo que su sola existencia ya es de una radicalidad tal, que su acontecer se desarrolla en un grado de presencia mínimo.

Dalia de la Rosa

[i] Nuez, Iván de la. (2018). Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Bilbao: Consonni. Pág. 11
[ii] Leveque, Jean-Claude. (2011). El concepto de «acontecimiento» en Heidegger, Vattimo y Badiou. Azafea. Revista de filosofía. Nº13. Ediciones Universidad de Salamanca. Pág. 79
[iii] Nuez, Iván de la. (2018). Teoría de la retaguardia. Cómo sobrevivir al arte contemporáneo (y a casi todo lo demás). Bilbao: Consonni. Pág. 19
[iv] Guerra Miranda, Luis. (2017). Alain Badiou. La condición del arte. Sustracción, Novedad Radical, Fuerza-Forma. (Tesis doctoral) Barcelona: Universitat Autònoma de Barcelona. Pág. 17