Sala Conca

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Publicado en El Diario de Avisos el 14 de marzo de 2021

GONZALO DÍAZ Y LA ISLA NEGRA

Pilar Carreño

 

 

El 16 de marzo de 1971 se inauguraba en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna la sala Conca, cuyo artífice Gonzalo Díaz García (1942) había estudiado en la prestigiosa Escuela Internacional de Diseñadores de Interiores (IADE) en Madrid, en la que obtiene su título profesional en 1969.  En esos años se había relacionado con los artistas del conocido como grupo de Cuenca  —Fernando Zóbel, Gustavo Torner, Gerardo Rueda, Luis Feito…— , núcleo de artistas en el que surgió el Museo de Arte Abstracto Español (Cuenca), además de con Pepe España, Martín Chirino y Manolo Millares, entre otros. Más tarde, en Tenerife trabaja en el Puerto de La Cruz, cuyos ahorros le permitieron acometer su sueño del que hasta los westerdahls trataron de disuadirle, pero al final pudo contar con su apoyo.

 

El nombre de la sala lo toma de ese proyecto museístico que había vivido de cerca y, tal vez, la dualidad cromática en sus espacios interiores, el blanco y el negro, que encontramos en el Museo conquense lo conduzca a elegir el negro como su signo de identidad lo que imprimió a Conca una personalidad propia; mientras la tipografía, de gruesos y curvos caracteres que, al parecer, encargó él y la empleó en la mayoría de sus ediciones  —catálogos, carteles, tarjetas de invitación, folletos… —, que, en las primeras décadas de su existencia, jugó a yuxtaponer el negro y el blanco, aunque posteriormente ampliaría su espectro cromático, pero conservó siempre su sello identitario, sin parangón en las islas Canarias.

 

A cincuenta años vista, la sala Conca atravesó distintas etapas —la primera, se sitúa desde la muestra inaugural con Pepe España hasta la del escultor Juan Bordes (1974), mientras la segunda, se inaugura con una exposición del pintor Cándido Camacho (1976) y se prolonga hasta 1980, y así hasta su clausura definitiva—, con cierres más o menos prolongados en el tiempo y otros solo con carácter puntual y por orden gubernativa, como los ocurridos en las exposiciones de Tomás Carlos Siliuto y en la de Fernando Álamo, pero la sala Conca siempre resurgía de sus propias cenizas. En su época de auge, expandió su proyecto a Las Palmas de Gran Canaria, Conca-2 (1973), además del sur de Tenerife y de Gran Canaria  —la Sala Blanca y la Sala Amarilla, respectivamente—, unas iniciativas de vida muy corta.

 

En su isla negra, como él la denominó en una ocasión, atesoraba miles de libros, catálogos, fichas catálogos, tarjetas de invitación, revistas, carteles, periódicos con noticias de sus exposiciones, listados de obras y de artistas, agendas con anotaciones, sus ventas, sus proyectos realizados o fallidos, y una valiosa documentación gráfica y audiovisual de sus montajes expositivos, de su colección de arte, de su participación en eventos que solía documentar con su cámara fotográfica, así como otros materiales difícilmente inimaginables relacionados con su propia existencia o la de los artistas vinculados a Conca, con escritores o intelectuales con los que hubiese trabajado o simplemente se hubiesen aproximado a su círculo más próximo, uno de los testigos más fieles de casi todos los tiempos es, sin duda, el poeta Arturo Maccanti. Sus fondos siempre estuvieron abiertos a los que buceábamos en la historia del arte, a grupos de alumnos universitarios que se acercaban en directo a la obra de arte contemporáneo y le gustaba, sobre todo, mostrar con infinita paciencia sus incontables tesoros empolvados, porque afirmaba que el polvo los conservaba.

 

Su gran apuesta fue su apertura a otras formas de expresión, como “Experiencias”, en la que la sala Conca se abrió a todo tipo de público, incluso infantil, que intervenía los carteles editados para el evento, además de las acciones y performances de Antonio y Octavio Zaya, actividades novedosas para las islas, mientras en la década de los ochenta, el lanzamiento de la denominada “Generación 70”, en la que incluyó multitud de nombres que al final no llegó a ningún puerto. La sala Conca también solía sorprender por sus montajes expositivos, recuerdo en una de las muestras de Cándido Camacho que al día siguiente de su inauguración aparecían restos de velas debajo de un cuadro seudorreligioso o alguna cucaracha despistada, testigo de su presencia la noche anterior, también en la celebración de uno de sus aniversarios en los que tapizó materialmente las paredes de la sala con obras. En este espacio que fue cambiando con los años, tuvo cabida el erotismo, lo sexual y provocativo, pero también la muerte y las poéticas individuales, allí se podía exponer sin ningún tipo de censura o cortapisas.

 

Para Gonzalo Díaz, de sus primeras épocas quizá las más interesantes, se decantaba por una serie de artistas, tales como, Gonzalo González, Cándido Camacho, Juan Hernández, Bernardino Hernández, Abel Hernández, Ernesto Valcárcel, Juan José Gil, Juan Luis Alzola, Leopoldo Emperador, Ramón Díaz Padilla, Nicolás Calvo, José Luis Medina, Rafael Monagas, Tomás Carlos Siliuto, Fernando Álamo, José Antonio García Álvarez y Juan Bordes. Mientras que, de sus últimas, apostó con fuerza por Fernando Bellver, Andrés Rábago y Luis Mayo, como testimonian sus fondos.

 

La sala Conca generó sinergias pero también antagonismos, abrió el camino a otros espacios galerísticos, propició una clientela para el arte contemporáneo en las profesiones liberales  —arquitectos, médicos, abogados…—, a los que les instalaba en sus casas las obras que adquirían.

 

Como un hecho inusual en el mundo artístico insular, la galería BIBLI ha querido rendir un merecido y sincero homenaje a su fundador, Gonzalo Díaz y a la labor, aún por estudiar en profundidad y con la perspectiva del tiempo, a favor del arte contemporáneo en Canarias.